viernes, 27 de junio de 2008

Serie Primera. Rainer Maria Rilke - Carta 2

París, rue Toullier, diciembre 29 de 1926

Estimado señor Rilke:

Hace más de veinte años que usted me colocó aquí, en esta misma calle de París donde las gentes vienen para seguir viviendo, y me dejó solo, deambulando por la ciudad y contándole mis impresiones, leyendo y viviendo una vida que bien podría haber sido la suya pero que usted ya no reconocía como tal o no quería hacerlo.

Y yo, como quizá también usted había hecho, me arrastré como un papel vacío por las calles de la ciudad, a lo largo de las casas y los parques, viendo como se transformaba allí la vida, como se llenaba de nuevos significados. Y usted, entre tanto, continuaba haciéndome experimentar un tiempo que siempre ha sido ajeno a mí. Yo, "mécontent de tous et mécontent de moi, je voudrais bien me racheter et m'enorgueillir un peu dans le silence et la solitude de la nuit. Âmes de cuex que j'ai aimés, âmes de cuex qu j'ai chantés, fortifiez-moi, soutenez-moi, éloignez de moi le mensonge et le vapeurs corrutrices du monde; et vous, Seigneur mon dieu!, accodez-moi la grâce de produire quelques beaux vers qui me prouvent à moi-même que je ne suis pas inférieur à ceux que je méprise"; y sin embargo, era escrito por usted, no era más que esa impresión que se encaminaba a transformarse.  Me sentía transpasado por algo y, como el cristal ante el soplete del artesano, sentía fundirse mi alma en las letras que brotaban de su mano, en esos agujeros de luz que la tinta aprisionaba en el papel.

Nunca sabremos quién de los dos fue más real; mientras usted escribía mi historia en su lado de la vida, yo escribía la suya en mi lado de la muerte.  Como habitantes de planos paralelos, nunca coincidimos completamente, ¿o quizás sí?, tal vez en aquella tarde en que yo, por usted, vi a ese hombre que había tomado mi lugar en Duval, aquel hombre que vi de improviso, inmóvil, aquel de quien me percaté precisamente por su inmovilidad, y que comprendí de repente que se encontraba tieso de terror, que era el terror el que le había paralizado y que ese terror, era un error de algo que estaba ocurriendo en él mismo, como si dentro de él se rompiese un vaso, como si un veneno temido durante mucho tiempo penetrara en ese instante el ventrículo de su corazón, o como si un gran absceso creciese y estallase en su cerebro que ya no se defendía.  Ese hombre pudo haber sido usted.

Ahora nuestro planos se han intercambiado, pronto seré yo quien deba escribir su vida desde el lado de la vida para soportar la mía, para sentirla posible; mientras usted escribe la mía desde el lado de la muerte, y así una y otra vez, en este ciclo infinito.  Quizás cambiemos los nombres, podríamos también servirnos de otras lenguas, pero seremos los mismos, los habitantes de esa patria sin bordes ni tiempo que es la literatura, allí donde nuestras manos distantes no parecerán seguir nuestras órdenes y trazarán palabras que no habremos pensado.  Y llegarán los tiempo de la otra explicación y las palabras se desatarán, y los significados, desde de haber sido nubes, nos lloverán en los ojos.

Puedo sin embargo imaginar que usted está aquí, ¿lo comprende, señor Rilke?, sé que debe usted comprenderlo.

Suyo,
Malte Laurids Brigge

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