lunes, 23 de junio de 2008

Serie Primera. Rainer Maria Rilke - Carta 1

Val-Mont (Suiza), diciembre 29 de 1926

Apreciado señor Brigge:

De todas las ocasiones en que he querido escribirle, y en que por una u otra razón no lo he hecho, ha nacido esta carta que quizás diga poco, toda vez que es posible que el único medio que nos queda para hablar, sea el de encontrarnos en ese lugar al que me dirijo y del que nada sé, pero del que alguna vez creí salvarlo a usted. Es cierto, sólo en una conversación podré llegar a saber de usted todo lo que no quiso contarme cuando fue mi escribiente, cuando su alma se apoderó de mi tintero y de mi pluma y, una a una, fueron brotando las páginas de ese diario en el que usted logró condensar, de una forma que yo fui el único en no entender, las inquietudes que aún hoy, ad portas de este nuevo camino, viajan conmigo como único equipaje: la Soledad, el Sentido de la Naturaleza, el Amor y, por encima de todo, la Muerte.

¡Ah! su libro, ¡cuán extraño me sería si lo leyese hoy! A pesar de que la puerta esté abierta no logro ver lo que hay del otro lado, no se trata de una simple oscuridad, se trata de una ceguera en la que no todo es negro, sino de colores cambiantes pero sin profundidad, que se repite alternadamente como las notas de una canción que no acaba, infinita, sin bordes.  En su libro, las ideas tenues acerca de los autores y los libros que lee, las impresiones de sus paseos por las calles de París, los relatos de sus angustias, y esa incandescencia de la voluptuosidad que surge esporádicamente —"cette volupté à la fin c'est un sentiment fixe come il y a des idées fixes; c'est un entêtement du cœur"—, y acompaña la cercana experiencia de la muerte, con la que todo allí está evidente y repentinamente relacionado.  Tal vez debí haberme detenido, cortar en el momento justo, abruptamente, y decir: ¡Basta! no obedecer más a sus dictados, bajar mis manos para recomenzar su canto desde allí, para hacerlo, una vez más, aire y aliento y sobra que siempre acompaña, para hacerlo devenir sangre, espíritu y así permitir al silencio instalarse antes de partir de nuevo, antes de ser habitado por otros ruidos, por su presencia que llenaba de terror y sombras mis papeles.  Pero no lo hice, no me detuve a pensar por un instante en las consecuencias que tendría para mí, no me detuve a pensar cuánto de mí se iría con ese libro.

Ahora, cuando la muerte está de mi lado , cuando la vida se ha convertido en ese lado de la muerte que no está iluminado para mí, comprendo cómo su libro llevaba esa concepción de una vida tan pendiente de un abismo sin fondo que la hacía imposible, comprendo cómo la muerte, esta muerte que ahora me envuelve, y que me ha despojado de mi cuerpo que ha entrado ya en comunicación con la tierra, no es una forma de la vida verdadera, sino que la vida es otra forma de la muerte verdadera, que cruza por ambos territorios, que se mueve entre uno y otro como el péndulo del reloj de la torre entre las parede de esta.  Gracias a usted, comprendí que no existe un más acá ni un más allá, sino la gran unidad; comprendí que los seres que en ella morarían, los ángeles, aquellos seres que nos sobrepujan, que nos consternan y que nos recueran que dependemos de lo visible, que somos esclavos del ojo y que por ello, estamos siempre expuestos a las trampas de la vida; ellos, no habitan allí, no pueblan esta gran unidad sino la unidad aparente que queremos dar a las ideas en el mundo, la unidad con que intentamos salvarnos de nuestros sentidos y que trabajamos apasionadamente como abejas de lo invisible.  "Nous butinons éperdument le miel du visible pour l'accumuler dans la grande ruche d'or de l'Invisible".  Por esto sudaban mis manos cuando usted me hacía escribir, cuando su alma se reía entre la pluma y el papel con la carcajada sorda de una esfinge y surgían allí las palabras, esas palabras prisioneras de su irreparable sujección al ojo: "Aprendo a ver, no sé por qué, todo penetra en mí más profundamente y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre.  Tengo un interior que ignoraba. Así, desde ahora. No sé lo que pasa."  Por eso sentí que la vida se me iba en las páginas de su libro que estaba obligado a escribir, de su libro que siempre supe como tarea inapelable.

En esta ocasión la hora del correo no me apremia pues esta carta que estoy escribiendo tampoco será enviada, todo aquello que quisiera preguntarle aquí, ya lo habré preguntado de algún modo, o lo haré cuando pueda hablarle, cuando su alma se siente junto a la mía en las escalinatas de alguna edificación por la que ya no pase nadie o no haya pasado nunca nadie.  Perdidos entonces en la inmanencia de un lenguaje más puro y perfecto, encontraremos aquellas certezas que no cobijaron otrora nuestra relación, las encontraremos mientras padecemos el tiempo eterno que se esconde en el instante, que en sí mismo se oculta.

Recuerdo aquel momento en que creí haber visto la muerte y pasado de largo, y me convencí de que ya nunca tendría que ir a su encuentro, sino volver atrás, sobre mis pasos, y entonces ella aparecería como la primera vez.  Pero no estoy seguro si fue usted o fuí yo quien vió así a la muerte, quien pasó de largo a su lado en aquel tiempo en que mi pecho se sentía orpimido con el peso y la gravedad de no sé qué cosas, en aquel tiempo en que me sentía estático, estancado como el agua verde de un lago artificial al que ya nadie mira; entonces, cuando au lieu de pénétrer, les impressions me percent, cuando las impresiones pasaban de largo a través mío dejándome cada vez más vacío.

¿Dónde se encuentra, apreciado señor Brigge? ¿Cuándo podré por fin verlo?  Ahora que yo he penetrado en su espacio, ¿qué debo hacer para acabar de conocerlo? ¿Esperar tal vez? ¿pero a qué equivale eso en este lugar sin tiempo, en este pliegue de la Hora?

Permítame estrechar calurosamente sus manos.

Rilke.

(Carlos Ciro. 2001)

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